EL PODER TIENE RAZÓN: EL 22M ES PELIGROSO. Breve análisis de una movilizacion inédita en las tres últimas décadas. Por Manuel Medina

[Img #26442] “… UN FENÓMENO INÉDITO EN LOS ÚLTIMOS 30 AÑOS

      La verdad es que al poder no le faltaba razón en lo que hacía. El 22 M era un fenómeno nuevo, inédito, sin un historial que proporcionara pistas a quienes manejan las clavijas del aparato represivo. En primer lugar porque la movilización no era el resultado de una convocatoria formal realizada por las organizaciones habituales que gozan de la confianza del establisment. El toque a rebato había partido de organizaciones sociales de base, algunas de ellas experimentadas en batirse el cobre en la movilización callejera.   Aquello no parecía responder a los parámetros de lo que hasta entonces habíamos conocido en la parte del Estado español que aceptó los preceptos  de las “reglas de juego” impuestas por la Transición…”
Primero comenzaron tratando de hacer fracasar las marchas del 22 M sobre Madrid. Los medios de comunicación enmudecieron en la mención de todo aquello que se relacionara  con  las múltiples movilizaciones que habían partido desde diferentes puntos del Estado español en dirección a su capital. Ni una información, ni un solo dato, nada que pudiera poner en conocimiento de la ciudadanía que para el 22 de marzo había prevista una concentración que se esperaba multitudinaria. La sordina sobre la movilización fue total, absoluta y sospechosamente unánime.
 
Pero una vez que las marchas empezaron a tomar cuerpo se hizo preciso para los que administran el aparato del Estado intentar difundir el miedo,  inyectar el pánico entre aquellos a los que continuar encerrados en sus casas les  hace escocer el alma. 
       Cuando se  generalizó la sensación de que la iniciativa  iba a constituir un éxito, los alquimistas del miedo recurrieron  a procedimientos más coercitivos. El fin de semana comprendido entre los días 20 y 22 de marzo, el Ministerio del Interior,  instigado por su temor a la magnitud del evento silenciado, comenzó a mover sus fichas. En una operación pocas veces vista, interceptaron a   los autobuses que repletos de marchistas se acercaban a Madrid. Obligaban a los pasajeros a descender de los vehículos procediendo a su interrogatorio y registro. Establecieron, asimismo, un fuerte cordón de vigilancia en las estaciones de trenes y autobuses.  Retomaban así los viejos tics policiales de la dictadura intentando provocar una sicosis de inquietud e inseguridad entre quienes acudían a la manifestación. Había que ahogar a aquella criatura antes de que pudiera nacer. 
      Simultáneamente a estas operaciones “preventivas”, la inefable Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, atrapada por una crisis de histerismo macartista, se dedicó a  lanzar soflamas incendiarias a través de los medios de comunicación,  amenazando con los peores pronósticos a aquellos que  tuvieran la tentación de sumarse en los últimos momentos a las manifestaciones.
      Pero la eficacia de todo aquel despliegue no le  sirvió al Ejecutivo ultraconservador para mucho. El desgaste de la credibilidad gubernamental alcanza ya, incluso, a los  sectores que le prestaron hace dos años su voto.  
UN FENÓMENO INÉDITO EN LOS ÚLTIMOS 30 AÑOS
 
La verdad es que al poder no le faltaba razón en lo que hacía. El 22 M era un fenómeno nuevo, inédito, sin un historial que proporcionara pistas a quienes manejan las clavijas del aparato represivo. En primer lugar porque la movilización no era el resultado de una convocatoria formal realizada por las organizaciones habituales que gozan de la confianza del establisment. El toque a rebato había partido de organizaciones sociales de base, algunas de ellas experimentadas en batirse el cobre en la movilización callejera.   Aquello no parecía responder a los parámetros de lo que hasta entonces habíamos conocido en la parte del Estado español que aceptó los preceptos  de las “reglas de juego” impuestas por la Transición. 
DESMARQUE DE LA INSTITUCIONALIDAD “DE IZQUIERDAS”

Por otra parte, las dos grandes palancas del control social, UGT y Comisiones Obreras, se habían mantenido prudentemente  al margen de la iniciativa movilizadora. Ambas organizaciones sindicales  se encontraban muy ajetreadas   aquel fin de semana en negociaciones con la patronal y el gobierno, a la espera de  que estos les  concedieran  unas cuantas migajas del gran festín de la crisis. 
    Por su parte, la “izquierda institucional” acogió con prudente timidez los enunciados del llamamiento del 22M. Era preferible mantenerse entre  dos aguas, navegando como siempre en el mar tranquilo y seguro de la ambigüedad. Eso de aceptar “no pagar la deuda” que esgrimía el llamamiento del 22M era un lance muy arriesgado. ¿Y si en un próximo futuro tenemos que compartir mantel y Consejo de Ministros con el PSOE? ¿Cómo atrevernos a decir después   “Diego” donde dije “digo”? Es cierto que estas calculadas  indefiniciones pueden enajenar algunos votos, pero hoy por hoy la “izquierda” del sistema prefiere un “contigo pero sin ti” que embarcarse en “aventuras revolucionarias” que puedan asustar al torrente de votos que como agua de mayo esperan conquistarle al PSOE. Además, esto es Europa, un continente donde el “estado  del bienestar” supo encarrilar las confrontaciones sociales sobre los rieles de la negociación y el consenso
 
¿QUÉ DEMOSTRÓ EL 22M?
      El 22M ha demostrado, por el momento, algunas cosas. En primer lugar que hay un sector de la sociedad que empieza a comprender dónde está la clave que permite detectar al enemigo. Ya no son aquellas concentraciones abstractas – pero también comprensibles-  de descontento que emergieron al calor del movimiento 15M. Se ha producido el tantas veces impropiamente recurrido “salto cualitativo”.  El mapa social de la lucha de clases ha empezado a redefinirse con claridad para mucha gente. Posiblemente en este camino quede mucho por avanzar y las próximas etapas  continúen siendo todavía muy inciertas. De la visión y habilidad de los sectores de la vanguardia política   – concepto que se hace preciso recuperar rápidamente –  dependerá que el proceso se acelere o, por el contrario, pueda terminar encallado.
     Un segundo aspecto  ha quedado patentemente demostrado. Por poco que se den pasos en la organización popular, las muletas de las organizaciones afines al sistema – sindicatos e izquierda institucional –  no solo son prescindibles por pura profilaxis ideológica, sino porque  su alejamiento   de la cabecera de las convocatorias contribuiría  a que  los trabajadores pudieran descubrir con mayor rapidez y claridad en qué campo se encuentra cada cual.
 
    El 22 M, pese a quien pese, ha sido un éxito y, a su vez, un peligro incipiente para el sistema.  Pero con un solo éxito no se  gana  la guerra. Queda todavía por recorrer el largo camino de la organización popular.
 
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